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Mindfulness

En memoria de Thich Nhat Hanh

Tuve la inmensa suerte de conocer a Thich Nhat Hanh en la primavera de 2014, durante un retiro de cinco días en El Escorial (Madrid).

Una mañana, mientras practicábamos la meditación caminando, algunas personas se adelantaron al grupo para tomar fotos de Thay, como le llamaban, que permanecía absolutamente atento a la práctica.

Llegamos a un gran prado y nos sentamos alrededor de un árbol a escuchar el canto de los pájaros y a sentir el agradable sol de mayo.Thich Nhat Hanh

Al regresar al espacio donde nos reuníamos para escuchar la charla de Thay, lo primero que hizo fue referirse al incidente de las fotos. Con una sonrisa en el rostro, dijo:

Hace un momento, mientras practicábamos la meditación caminando, algunos aprovecharon para hacer fotos con sus teléfonos. Seguro que se trataba de una excelente oportunidad de obtener una buena imagen y algunos no quisieron perdérsela. Pero, por favor, comprendamos que estamos en medio de una práctica, y no solo nos distraemos a nosotros mismos, sino que distraemos a las otras personas. Además, como ya habéis tomado suficientes fotos esta mañana, ya no hace falta que volváis a hacerlo.

La mezcla de amabilidad y firmeza con la que «regañó» al grupo fue una gran enseñanza. Pero la cosa no acabó allí. Al rato, mientras practicábamos la meditación sentados, comenzó a sonar un móvil en el interior de alguna de las mochilas aparcadas en la sala, y nadie se movió para apagarlo.

Abrí los ojos y me fijé en Thay, que mantenía una leve sonrisa en el rostro. Al terminar la meditación, dijo:

A veces desearíamos que para meditar todo estuviese en paz y silencio, pero no siempre es así. De hecho, nunca es así. Pero, de todas formas, aunque una mosca se pare en la punta de nuestra nariz o un teléfono suene en la sala, mantenemos la postura, aceptamos la presencia de la mosca o el sonido del móvil, sin emitir juicios acerca de su conveniencia o no, y mantenemos la atención en la respiración.

Los antiguos griegos creían que a través del contacto físico podían contagiarse, por una suerte de osmosis, las virtudes del alma. Ojalá yo haya sufrido algún contagio aquella primavera en la que me senté junto a Thich Nhat Hanh. Thich Nhat Hanh

Por Máximo Peña

Psicólogo, especialista en intervención psicoterapéutica, máster en mindfulness y periodista

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